Siempre que tomaba ron me acordaba del sabor del vino que tomé los años que como zagal fui a las tierras de Toro a segar”, me relataba el anciano Pascual García, de 101 años, en Los Palacios (Cuba), que emigró a la Isla en 1918 con 16 años. Había nacido en Melgar de Tera y nunca volvió, pero mantuvo vivo el recuerdo de su pueblo y de su provincia. Y como él tantos miles que emigraron tanto a América como a Europa.

La emigración es uno de los fenómenos de más honda incidencia en nuestra provincia desde el siglo XIX. Algunos datos lo reflejan nítidamente. En 1850, según las cifras aportadas por el Diccionario de Pascual Madoz, Zamora tenía en torno a 150.000 habitantes, pocos menos de los que tiene ahora. Llegó a alcanzar en 1950 los 316.493. La fuerte emigración a América desde los años ochenta del siglo XIX, la emigración a algunos países europeos desde finales de los años cincuenta del pasado siglo y en especial el éxodo rural hacia algunas ciudades importantes de la periferia de España y la capital del Estado son la causa destacada de que Zamora forme parte de lo que hoy gráficamente se denomina como la España vacía. Desde 1950 ha perdido más de 138.000 habitantes, hasta los 174.544 del 1 de enero de 2018; con una bajísima tasa de natalidad (en torno al 5,2 por mil y una mortalidad que casi llega al 16 por mil. De ahí un (de)crecimiento del -10,5 por mil cuando la media nacional es del 0,01 por mil. Solo tiene más habitantes que Soria, Teruel, Segovia, Ávila y Palencia. Una densidad de solo unos 17 habitantes por kilómetro cuadrado, apenas mayor que la que tienen Soria, Teruel, Cuenca y Huesca. Zamora vacía y envejecida.

A la derecha, Pascual García, emigrante a Cuba, el día que conoció a su hermano Sabino| Zoila Amelia

La emigración y la actuación de los emigrantes, la “población vinculada” puede ser un factor de oportunidad

A esta realidad el Centro de la UNED de Zamora le ha prestado atención desde su creación 1986. Entendíamos que nuestra función, además de contribuir a que, al menos, en el plano de la formación universitaria, los zamoranos no quedaran postergados, debía centrarse en algunos campos de especial interés para nuestro entorno. Por eso, abordamos el análisis de un problema que entonces ya era bien visible: la despoblación. Desde 1987 empezamos a estudiar la primera oleada de emigración que se dirigió fundamentalmente a América.

Durante mucho tiempo se vio la emigración como una manifestación de debilidad económica y como causa de debilidad demográfica, con pérdidas constantes de población joven y en plena edad productiva en lo laboral y lo reproductivo. Pero incidimos también en lo que ya apuntaban los demógrafos: que la emigración y la actuación de estos emigrantes puede ser un factor de oportunidad, que la emigración es la causa fundamental de la llamada “población vinculada”, entendiendo por ella a aquellas personas estrechamente relacionadas con un ámbito territorial determinado aunque no residan permanentemente en él.

Representantes del centro Zamorano en Argentina.

Es una población que utiliza servicios temporalmente en el ámbito al que se vincula, pero aporta elementos positivos también. Como toda decisión voluntaria es una vinculación interesada pero, como decía un reconocido antropólogo, funcionan realmente las relaciones que se articulan en base a la vigencia de tres principios: dar, aceptar y corresponder. Y los emigrantes mantienen generalmente la relación con sus raíces por distintas formas de interés, como las mantenemos nosotros con quienes se han ido de nuestra tierra.

Los emigrantes, muchas veces con raíces en transformación (proceso que se acusa en sus descendientes) negocian su integración en los lugares de llegada y para ello negocian asimismo los procesos de su identidad. Como decía el Profesor Julio Aróstegui, estamos en una etapa de agudización de la identidad, de las identidades más bien. Pero en este terreno no todo es identidad esencialista, excluyente, como ocurre con ciertas identidades políticas. Las personas, también los emigrantes (y a veces mucho más éstos) recrearán identidades diversas, en ocasiones concéntricas y la mayoría de las veces no contradictorias. Esta realidad es la que posibilita e impulsa la realidad de la población vinculada. Los emigrantes zamoranos fuera de España se sienten de su pueblo, zamoranos, españoles y en menor medida castellanos, algunos pocos leoneses y otros castellano-leoneses. Los descendientes ya tienen una relación distinta con los lugares de llegada de sus padres y abuelos y con los de salida pues, como decía el embajador de España en Cuba en 1931, Juan Serrat, el emigrante se preocupa fundamentalmente de su condición de emigrante y no tanto de la identidad propia y persigue evitar conflictos identitarios a sus hijos. Pero como se constata en los cientos de relatos recogidos en nuestro Centro de Estudios de la Emigración Castellana y Leonesa, en términos generales, el emigrante siempre mantiene una buena parte de sus raíces y siembra de alguna manera éstas en hijos y nietos.

Una publicación del concurso de Relatos de Emigración de la UNED.

La vinculación la mantienen los emigrantes particulares en relación con sus familias y pueblos, pero tienen especial valor las acciones colectivas que llevan a la creación de espacios de sociabilidad formal, de asociaciones que buscan, junto a la ayuda mutua, recrear, mantener e impulsar la identidad con la que han emigrado: sus costumbres, cultura, valores. El impulso, en este sentido, es tan fuerte que algunas de estas asociaciones se han mantenido más de cien años, como Colonia Zamorana de Cuba creada en La Habana en 1916 y modelo de asociación en el panorama asociativo actual en Cuba. O el Centro Zamorano de Buenos Aires, producto de la unión en los años cincuenta de la Sociedad Sanabresa, creada en 1923, luego Centro Sanabrés Zamorano, con el Centro Fermosellano. Ahí sigue dicha asociación recreando lo zamorano y la vinculación con Zamora. Prueba de esa vinculación que se mantiene en etapas difíciles como las dos guerras mundiales o la Guerra Civil Española son las acciones de estos emigrantes en el extranjero en favor de sus familias y pueblos, que siguen hasta hoy, aprovechando ahora las mayores posibilidades de relación. Las asociaciones culturales que se mantienen en muchos pueblos y protagonizan actividades diversas especialmente en periodos vacacionales, están en parte dinamizadas por esos emigrantes y descendientes.

Zamora es mucho más que la realidad zamorana de los 10.561 km cuadrados de nuestra provincia y los 174.000 habitantes que vivimos en ella. Fuera de aquí hay mucho talento, formación, capacidad de trabajo y de iniciativa en quienes se sienten de alguna forma parte de esta Zamora de la diáspora. Esto es una realidad de la que son conscientes quienes se sienten vinculados a Zamora. Pero esa vinculación, para ser operativa, debe conocerse, impulsarse, traducirse en iniciativas interactivas y también conmemorativas. Empezando por conocer la existencia y base de dicha vinculación. Como comentaba Julio Aróstegui en uno de nuestro congresos sobre emigración a finales de los noventa, estamos en el siglo de la memoria, especialmente de la traumática vinculada a ciertas guerras y conflictos, pero también hay una memoria traumática en cierta medida de la emigración, que ha implicado ruptura y desarraigo, incluso para los que les fue bien en los nuevos destinos.

En 2017, los Premios Tierras de Zamora concedieron el reconocimiento de Mejor Embajador de Zamora a La Opinión-El Correo de Zamora.

Sería conveniente, pues, recuperar y resaltar la memoria de la emigración, la memoria de lo mucho que nos mantuvo en relación durante décadas y nos mantiene cercanos hoy en un mundo crecientemente conectado. Actividades como la instaurada por La Opinión El Correo de Zamora, “Zamoranos en el mundo”, tienen su relevancia. También otras llevadas a cabo por la Diputación y la Junta de Castilla y León.

Las generaciones vivas en cada momento, tienen derecho a hacer su propia historia, a desarrollar sus propios proyectos, que implica denunciar las deficiencias e impulsar los proyectos de desarrollo. Pero en una provincia como Zamora, con debilitado e incierto progreso económico y, especialmente, con una realidad demográfica claramente negativa es imprescindible que consideremos las potencialidades que se pueden derivar de la intensificación de la relación entre la Zamora que constituimos los de aquí y la integrada por emigrantes y descendientes que se sienten y quieren sentirse, de alguna manera, zamoranos.