Como ocurrió a muchos de mi generación, nacidos en los comienzos de aquel desarrollismo español y franquista, de nosotros se esperaba que saliéramos de esta provincia rural para no volver más. Había un tanto de fatalismo suicida en aquella España que empujaba a sus hijos a formarse y abandonar la tierra que les había visto nacer, y un mucho de querer olvidar su propia experiencia traumática, tras una larga y sombría posguerra. Casi nos decían: “¡Marchaos, vosotros que podéis!” Y en efecto, todo nos empujaba a abandonar nuestra casa, a estudiar y buscar trabajo fuera.
Cuando regresé, haciendo el camino inverso contra todo pronóstico y tras pasar los obligados años universitarios y urbanos, empecé a ser consciente de lo que significaba aquello de pertenecer a un territorio rural y por entonces mal comunicado; a una provincia desconectada de los centros de decisión y a una cultura campesina en estado de abandono de sí misma, en una España que creía haber liquidado cuarenta años de dictadura y estaba a punto de ingresar en Europa.

Todavía contaba Zamora a principios de los años 80 con más de 220.000 habitantes, y ya se había consumado en su espacio rural la brecha entre la agricultura intensiva y mecanizada, diseñada por los tecnócratas del franquismo en línea con la industrialización agraria, y esos otros lugares imposibles de transformar, donde los campesinos habían desarrollado un sistema local de producción, auténtico patrimonio cultural, que se resistía a desaparecer, aunque ya intuíamos que se hallaba en peligro inminente de extinción.
Sobre el mapa incluso era posible trazar una línea imaginaria que separaba la provincia en dos mitades: al Este, las tierras producción agrícola y ganadera intensiva y al Oeste, las zonas de monte y pastizales, con una clara vocación ganadera extensiva y forestal. Y mientras el oriente zamorano se iba poblando de maquinaria agrícola cada vez de mayor tamaño, de amplias zonas de regadío que implicaban grandes costes en energía y en uso de fertilizantes y herbicidas, la zona occidental de la provincia comenzó a llenarse de sucesivas declaraciones de “espacios naturales”, acotaciones administrativas que fueron aumentando de manera asombrosa.

Las Lagunas de Villafáfila, uno de los humedales más importantes de la península.| Emilio Fraile

La zona occidental de la provincia fue llenándose de sucesivas declaraciones de espacios naturales: la primera, el Lago de Sanabria en 1978

De los espacios llamados naturales

Y así, a la declaración del Lago de Sanabria como parque natural en 1978 siguieron las sucesivas figuras de protección de las Lagunas de Villafáfila, hasta la última como Reserva Natural, y lo mismo ocurrió con la Sierra de la Culebra, declarada Reserva Regional de Caza en 1996. Las últimas protecciones llegaron a la provincia en 2002, con la declaración de Arribes del Duero como parque natural, y en 2015 la UNESCO declaró a buena parte del occidente zamorano Reserva de la Biosfera transfronteriza Meseta Ibérica.

Además, nuestra pertenencia a Europa nos fue incluyendo también en su Red Natura 2000 que, a través de distintas figuras (ZEC, LIC, ZEPA) obliga a la conservación de hábitats naturales, flora y fauna silvestre de numerosas zonas de la provincia, muchas de ellas ya protegidas por las declaraciones anteriores.

En definitiva, una parte considerable de Zamora se fue convirtiendo en una auténtica reserva y numerosas hectáreas que pertenecían a los municipios enclavados en los espacios llamados naturales, fueron pasando a depender del control de la administración regional, sujetas a planes de ordenación, uso y gestión organizados por funcionarios, ingenieros forestales las más de las veces, con el objetivo de proteger y conservar la naturaleza. Un objetivo loable sin duda y que ha logrado defender esos territorios de muchos peligros, aunque al mismo tiempo ha acabado también por aislarlos de manera artificial, haciéndolos por tanto vulnerables.

Un ejemplar de lobo ibérico en la reserva de la Sierra de la Culebra.| Antonio Herrero

Faltan los campesinos, llegan los naturalistas

Y no es que no nos sintiéramos orgullosos de contar con esas obras de la naturaleza, pero es que faltaban los campesinos que habían contribuido a diseñarla, los que custodian el territorio con su actividad y quienes mejor pueden protegerlo para evitar que termine asilvestrado o asolado por las llamas. La cultura campesina había logrado desarrollar allí ese complejo sistema agroecológico, respetuoso con la biodiversidad, que tanto admiran los turistas urbanos: pequeños paraísos habitables, en los que no faltaba el huerto y sus productos locales; los prados con su ganado autóctono, un impresionante patrimonio genético, depurado por siglos de adaptación; las construcciones populares; el bosque, reserva de tantos bienes…

A lo largo de esos años vimos también aumentar algunas especies salvajes, como el lobo, y cómo se desarrollaba un turismo especializado que con el tiempo se ha ido convirtiendo en una actividad a tener en cuenta en la provincia, convertida ya en un importante potencial de los recursos turísticos medioambientales. El turismo rural, sí, al que hemos visto nacer y crecer con sus últimas especializaciones, como el del avistamiento de animales, de paisajes; el turismo deportivo, gastronómico, incluso el turismo cinegético. Actividades que aún requieren de una posición equilibrada y de coexistencia, para evitar caer en trampas que, con el viejo enfrentamiento de fondo entre ganaderos y conservacionistas, animan a cazar especies protegidas, a veces ante los ojos asombrados de los turistas.

Faltaría, eso sí, una buena cobertura de Internet, además de otras infraestructuras manifiestamente mejorables en sanidad y servicios, para convertirse en un recurso potente y generador de riqueza para los pueblos.

A pesar de todo, ni a un lado ni al otro de esa línea imaginaria se ha conseguido detener la despoblación, que al final ha terminado por convertirse en nuestro mayor enemigo. Es decir, ni la sobreprotección del territorio ha servido para estimular a la población a quedarse y obtener un beneficio suficiente que les permita vivir en estos espacios, ni el productivismo y grandes inversiones de capital que se exige hoy a los agricultores y ganaderos convencionales consigue unos precios de mercado suficientes para mantener su actividad.

Vista de los Arribes del Duero.

Impactos ambientales y cambio climático

Sin embargo, lo que sí nos trajo esa intensificación agroganadera ha sido un enorme impacto ambiental para la tierra donde convivimos todos, debido al ilimitado uso de agroquímicos, una carga excesiva de purines, procedentes en especial de las explotaciones industriales porcinas en preocupante aumento, y la contaminación progresiva del aire y de los acuíferos.

Son muchos ya los problemas ambientales que se van sucediendo en el abastecimiento de los municipios y es preciso recordar aquí que el abuso en el consumo del agua de ese tipo de explotaciones puede superar los recursos hídricos renovables. Porque a estas alturas no queda más remedio que pensar en el cambio climático y en los períodos de sequía, y aunque es cierto que Zamora cuenta con grandes superficies de agua embalsada, ello apenas repercute en el abastecimiento de los pueblos; tampoco en la agricultura, ya que no es utilizada en los regadíos, sino en la producción de energía eléctrica, y por lo tanto solo beneficia a las empresas productoras que en su día anegaron las zonas fértiles de los municipios. Una contribución demasiado alta al desarrollo de unos pocos.

Recolonizar el territorio abandonado

Algo, pues, no funciona en este sistema global al que nos adscriben, y nos convendría reflexionar sobre qué futuro buscamos para nuestra propia supervivencia, “pensando globalmente y actuando localmente”. Porque en este salto temporal y espacial, a ambos lados de la raya imaginaria del territorio zamorano, no cabe duda de que el mundo ha cambiado. Hemos cambiado nuestra percepción de la naturaleza, nuestra relación con el entorno y también con los animales: ya no los queremos matar nada más verlos asomar en el horizonte, ni explotar hacinados en granjas. Tampoco queremos seguir consumiendo alimentos de mala calidad, sino productos saludables. Creemos en la soberanía alimentaria de los pueblos y, de paso, hemos aprendido a valorar la cultura rural que construyeron nuestros antepasados. Y, aunque quizá aún no sabemos cómo, pensamos que podría haber modelos productivos diferentes para recolonizar esos espacios y convertirlos en algo más que una reserva o una macrogranja.