El campo zamorano se ha modernizado pero cada vez hay menos agricultores y ganaderos.

Si no llega el relevo generacional y faltan jóvenes, ¿qué futuro le espera al mundo rural?

Cuarenta años ya. Aquel 1978 fue clave en la historia de España, sobre todo porque se aprobó la Constitución tras cuatro décadas de dictadura. Se abría un mundo nuevo preñado de esperanza e ilusión, pero también de incertidumbre y de temor a lo que teníamos por delante. Ningún territorio ni ningún sector escaparon a esta regla. La agricultura zamorana, obviamente, tampoco, aunque mantuviera un carácter conservador y resignado que le había impedido llevar a cabo movilizaciones contra el franquismo como sí hicieron las zonas industriales, las grandes fábricas o las universidades. Aquí no había ni industrias ni universidades y las gentes más democráticamente sensibilizadas, salvo honrosas excepciones, andaban estudiando fuera o trabajando en la FASA, en Madrid, en Cataluña o en el País Vasco. Años atrás, en los sesenta, se había iniciado una fuerte emigración a las regiones citadas y a aquella Europa (Francia, Alemania, Bélgica, Suiza) próspera y necesitada de mano de obra barata. Los pueblos comenzaban a desertizarse y se oía y repetía la terrible letanía que nos ha perseguido (y persigue) desde siempre: “Aquí no hay futuro; tenemos que irnos”. Y se iban, dejando atrás una agricultura de subsistencia que nadie, desde arriba, se molestó en cambiar. Era más fácil enseñarles el camino hacia Bilbao o Barcelona o aprovecharse del envío de sus divisas desde París o Munich.

El agricultor y ganadero son profesiones víctimas del desprecio

La evolución de la agricultura zamorana en estos 40 años no se explica sin estos antecedentes y sin un punto de partida clave: el complejo de inferioridad, alimentado por palabras como paleto, garrulo, de las gentes que emigraban del campo a la ciudad, los despectivamente llamados “desertores del arado”. Muchos de ellos lo primero que hacían era borrar las huellas de su pasado: olvidar costumbres, adoptar nuevos dejes y acentos…Todo ello bajo la firme convicción de que salían del “atraso” para entrar en lo “moderno”. El que se iba triunfaba, aunque solo fuera por volver a las fiestas patronales con un coche potente y contando grandezas. El que se quedaba en el pueblo se convertía en un fracasado social, pese a que tuviera tractor nuevo, cosechadora y aspersión. De modo que el agricultor o ganadero zamorano que siguió el camino de sus mayores tuvo que luchar al menos contra dos enemigos potentes: la rentabilidad de su explotación, siempre dudosa, siempre excesivamente dependiente del cielo, y mantener o recuperar la dignidad de una profesión bastante zaherida por el menosprecio, el mirar por encima del hombro y hasta el lenguaje coloquial. “Atención los de los pueblos, sorteamos”, que gritaban en las tómbolas de la capital. Se ve que los de la ciudad no necesitaban ya ni muñecas ni cayadas de dulces ni otros premios que se rifaban para los pueblerinos.

Un campo de colza, cultivo introducido hace pocos años en el campo zamorano.

Mejora y modernización

Es innegable que el campo zamorano (y el regional y el nacional) han mejorado y se han modernizado mucho. Y que, en este periodo, han llegaron nuevos cultivos (girasol, maíz, colza), variedades productivas que han cambiado la faz de las tierras (cebadas tremesinas, distintos tipos de trigo), y otras razas ovinas, vacunas o caprinas, pero, si hoy volvieran las famosas y duras tractoradas de los 70 y 80 las reivindicaciones serían las mismas que entonces: precios justos, rentabilidad, ayudas…En ese terreno no ha cambiado casi nada… salvo que ahora casi toda la política agraria depende de la Junta de Castilla y León y de Europa. Quizás esta haya sido la mayor y más importante variación en estos 40 años. Si a mi abuelo le llegan a decir que iban a pagarle por dejar de sembrar, por la retirada de tierras de la producción o por deshacerse de las ovejas, hubiera tomado por loco a su interlocutor o le habría dado un infarto.

Sin embargo, la Política Agraria Común, la controvertida PAC, es hoy uno de los ingresos fijos de los agricultores…y de quienes ya no lo son (jubilados y trabajadores en otros sectores) pero que conservan la propiedad de las tierras o continúan labrándolas. Y esa PAC se ha convertido a la vez en uno de los caballos de batalla de las organizaciones agrarias, que no han cesado de reclamar que las ayudas vayan a los agricultores a título principal, que ahora van a llamarse agricultores genuinos. Y en esas están desde hace años y años. Al igual que en el caso de los precios justos, la rentabilidad, etc, los cambios en la PAC figuran en todas las tablas reivindicativas de los hombres del campo. Pero eso ya depende de Europa y allí el cruce de intereses es difícil de cuadrar.
Tampoco es fácil de entender la política agraria de la Junta de Castilla y León, blanco de muchos de los ataques y quejas de las organizaciones agrarias. Las ayudas suelen llegar tarde y mal, no hay una orientación clara y el “medio ambiente” (y lo entrecomillo por las dudas que me suscita) parece imponerse cada vez a la agricultura, ya sea tradicional o nueva; en otras palabras: da la impresión de que se cuida más al lobo que al ganadero y sus ovejas o vacas. Este está siendo, y será, otro de los grandes problemas del agro zamorano. ¡Quién lo iba a decir hace 40 años!
La mejora y modernización nos ha llevado, y este es un aspecto muy positivo, a un gran avance en la calidad de los productos, sobre todo desde que varios de ellos ostentan el rótulo de Denominación de Origen o de Indicación Geográfica Protegida. Otros que aun no lo tienen también lo merecen. Y por ahí tienen que ir los esfuerzos de los productores y el apoyo de las administraciones. Por ahí y por la necesaria transformación de las materias primas en vinos o quesos, por citar solo dos ejemplos. Y eso requiere unión, bastante más unión de la que ha habido hasta ahora. ¿Quién puede dudar en Zamora de la eficacia y rentabilidad de las cooperativas estando aquí Cobadu, Gaza o Asovino? Pues eso.

Ovejas en un apartado de la Feria Internacional de Ovinnova.| Javier de la Fuente

Faltan jóvenes

40 años. Modernización, mejora, concentración parcelaria, nuevos cultivos, regadíos con sus pozos de sondeo, motores, pivots y demás, ¿en qué se ha traducido? La respuesta es negra, negativa: cada vez queda menos gente en el campo y cada vez más vieja. Todos los adelantos citados y el aumento de la calidad de vida en los pueblos no han frenado la emigración ni, en términos generales, han despertado el interés de los jóvenes por la agricultura y la ganadería. No hace falta recurrir a las estadísticas o a las previsiones demográficas para intuir cómo será la agricultura zamorana en un futuro no muy lejano. Es posible que las producciones se mantengan, pero habrá pocos labradores. La baja del censo en las últimas elecciones en el campo ha sido significativa y dura. Con recorrer los pueblos y comprobar quién sigue viviendo de la agricultura o la ganadería basta para entender una situación grave con tendencia a empeorar.

Por eso el balance de estos 40 años no debe, a mi juicio, reducirse a hablar de números, acontecimientos y los lógicos avances, sino extenderse al factor humano, a las gentes que había, las que hay y, ojalá, las que continúe habiendo. En definitiva, a quienes dan sentido a una profesión tan vapuleada y poco valorada como la agricultura. Y así nos ha ido. Habrá que rezar y pedir ayuda allá Arriba. La de aquí abajo…