Ciertamente Zamora no ha destacado por su conocimiento generalizado de nuestro patrimonio artístico -y arquitectónico en particular-, y menos de la historia ligada a él. Quizá muchos de nuestros paisanos saben situar en el mapa provincial o de las distintas poblaciones las obras de arte más singulares, pero en muchos casos sin capacidad para aportar algún dato que vaya más allá de su denominación. En la capital, por ejemplo, nuestros convecinos son capaces de hablar del románico, incluso de situar sus iglesias aún con alguna confusión ocasional. Además, hemos caído en la cuenta de la relevancia de nuestro modernismo, pero, mayoritariamente, encontramos dificultades para hablar más allá de ambos. Y aún se escucha, tristemente, que en Zamora tampoco hay demasiado que ver… Y, desde luego, no será porque no atesoremos una importante nómina patrimonial, ni será tampoco por los esfuerzos dedicados a su divulgación. La administración pública, instituciones privadas, particulares, estudiosos y divulgadores, docentes, las dos televisiones locales que se fundieron en la actual, cadenas de radio y la propia La Opinión-El Correo de Zamora con sus predecesores, además de otros medios en papel y digitales, han trabajado con denuedo y siguen haciéndolo por hacer de altavoz de nuestro patrimonio, darlo a conocer, denunciar, divulgar sus valores y singularidades, y con ello promover su utilización responsable y sensibilizar para su protección. Programas y magazines, láminas coleccionables y fascículos, sobres timbrados reproduciendo elementos arquitectónicos, publicaciones, conferencias, exposiciones… Sólo lo que se conoce bien y en profundidad se ama. De modo que lo que no se ama no se usa, se infravalora, se descuida, se olvida. Lo cual es la puerta abierta de par en par a su destrucción, por acción u omisión. A pesar del endémico negativismo que arrastramos en nuestras latitudes peninsulares, hasta el punto de caracterizarnos, la cuestión de nuestro patrimonio pone de manifiesto durante los últimos 40 años numerosas luces entre no pocas sombras.

A mediados de los años 70 el casco antiguo de la capital zamorana era una auténtica ruina. La población había desplazado su residencia hacia el casco histórico de la ciudad y el ensanche, y el cogollo patrimonial se encontraba desvitalizado. Aún hoy arrastra esta patología. Efectivamente la orografía nos determina, de modo que el casco viejo, lejos de ser el centro de la ciudad, es una suerte de barrio en un extremo de la misma al que no es necesario como tal acudir para nada. La marcha de la Escuela Oficial de Idiomas y de la Escuela de Artes y Oficios de las dependencias del Castillo condenó al casco antiguo al mero paseo. Proliferan multitud de solares abandonados y, a pesar de los intentos de la normativa patrimonial, las restricciones en la construcción son tales que poco facilitan la apuesta por la vida en el casco antiguo. Consecuentemente no existen prácticamente comercios u otras iniciativas que atraigan flujos salvo las de la administración pública, la biblioteca y las religiosas. Y el problema de mayor arraigo en nuestra provincia, el demográfico, en nada ayuda a ello. La nueva pavimentación del casco con motivo de las Edades del Hombre en 2001 y la consiguiente peatonalización adecentó esta parte de la ciudad y a mi juicio supuso un punto de inflexión. Sin embargo la apuesta por el soterramiento de los cables aéreos tras 19 años aún es una quimera.

Portada de la iglesia de Santa María Magdalena (detalle).| Oratio

A mediados de los 70 el casco antiguo de la capital zamorana era una auténtica ruina al desplazarse la población al ensanche

Muchas han sido las medidas llevadas a cabo en favor de nuestro patrimonio desde las décadas de los 60-70 en la provincia. Desde la cada vez mayor apuesta por su promoción y divulgación hasta las actuaciones -nunca suficientes del todo- de conservación y obras de restauración de nuestras manifestaciones artísticas. En la capital, el desarrollo de los catálogos de elementos arquitectónicos vinculados a los PGOU, los planes Prico y parciales del casco antiguo y de las murallas, así como otras normativas fomentaron legalmente la conservación del patrimonio, pero también ataron las manos a soluciones creativas y más cercanas al sentido común. Poco a poco hemos visto mejorar nuestros monumentos, la adecuación de sus entornos, su iluminación artística -aún deficiente, no obstante- o la creación de nuevos edificios en elementos patrimoniales y la recuperación de ruinas (desde el Mecyl a la iglesia de la Concepción -Biblioteca pública- o el Convento de San Juan de Jerusalén -restaurante hotel NH-, entre otros). Planes integrales como Zamora Románica, obras como la del Castillo o la iglesia de Santiago del Burgo han dado resultados encomiables, como también lo han conseguido actuaciones de menor envergadura como las nuevas adecuaciones de los locales comerciales de algunos edificios del casco histórico. Incluso la propia peatonalización de Santa Clara, Sagasta y parciales de San Andrés y San Torcuato. Al fin muchos han visto los evidentes beneficios de dejar el coche a un lado en las ciudades pequeñas y caminarlas, cuando se hace de forma racional. La incorporación de la capital a la Ruta Europea de Modernismo en 2009 acabó dándonos la razón a los defensores de nuestra arquitectura contemporánea histórica y descubrió para la ciudadanía una de las mayores contribuciones de nuestra ciudad al patrimonio arquitectónico nacional.

Las sombras han sido contundentes. La preservación del patrimonio contemporáneo reciente más relevante ha sido absolutamente deficiente, resultando zafia y escandalosa por acontecer en nuestra época -supuestamente más sensibilizada. La demolición de las aceñas de Cabañales en 2002, el chalet ecléctico de la Avenida en 2007, la antigua residencia de los Franciscanos en 2013, la capilla del Hospital Provincial en 2015 y La Panera Social en 2017 han resultado un verdadero atentado contra nuestro patrimonio arquitectónico contemporáneo más singular. Y más aún en el último caso mencionado, cuya protección formaba parte de la propaganda electoral del equipo de gobierno que aprobó su demolición. Por otro lado, otros edificios relevantes de carácter histórico y monumental sufrieron igual destino en nuestra ciudad, como la demolición del barroco Hospital de los Ciento en 1979 o el derrumbe de la iglesia de la Concepción en los finales años 80. Asimismo, los actos vandálicos sobre el patrimonio, principalmente objeto de ignorantes pintadas, han resultado y resultan todavía hoy una lacra ante la que los poderes evidencian su incapacidad de atajar. Del mismo modo, ha sobresalido la escasa sensibilidad por la margen izquierda de la capital, permitiendo la construcción de edificios que han roto para siempre con las tipologías, volumetrías y escalas de este sector de la ciudad.

Lucernario del Mercado de Abastos| Emilio Fraile

Aún queda mucho por hacer, cuando -afortunadamente- la ciudadanía parece hoy más sensibilizada con la conservación de nuestro patrimonio. Urge un catálogo integral de protección de las arquitecturas contemporáneas más recientes de la ciudad, preservar de forma comprometida la arquitectura industrial provincial, queda pendiente (desde 1991) la cuestión del cerramiento de la Plaza Mayor, la ejecución del concurso de ideas (fallado en 1999) de la muralla en la Avenida de la Feria, la actuación sobre los solares y cableado del casco histórico (también desde 1999), el plan del Puente de Piedra, el uso de materiales pétreos coherentes con los tradicionales, la señalización monumental de edificios recientes más notables y de inmuebles históricos desaparecidos en un plan integrado… Éstos y otros retos son ambiciosos pero necesarios. Por rendimiento económico, compromiso con nuestra herencia y por identidad social. Somos la suma de lo que hemos recibido, potenciamos y creamos. Y, a pesar de lo que muchos sostienen, no todo es cuestión de dinero, sino sobre todo de detalles y sensibilidad.