El reconocido politólogo Adam Przeworski siempre subraya que la democracia electoral no trae necesariamente consigo ni riqueza ni bienestar, porque no es ni más ni menos que un sofisticado y pacífico mecanismo con un objetivo: proporcionar herramientas para gestionar los conflictos que inevitablemente surgen en cualquier sociedad.

Una democracia consiste, por lo tanto, en saber que nunca hay ganadores permanentes ni perdedores absolutos: cada cuatro años existe la posibilidad de cambiar de gobernantes.
Todos sabemos que el coste de una resolución bélica o cruenta de los conflictos es demasiado alto. Por ese motivo, como bien explica el profesor José Fernández Albertos, preferimos que los conflictos sean articulados por organizaciones políticas con capacidad para convencer a sus miembros y a sus posibles votantes de la necesidad de aceptar derrotas transitorias, con la esperanza de lograr victorias futuras. La paz democrática se sustenta, en consecuencia, sobre este sencillo (y a la vez complejo) pacto de legalidades y de legitimidades.

Así ha venido siendo en España, con mayor o menor fortuna, desde que, gracias a la Constitución de 1978, nos dotamos de los mecanismos propios de las democracias avanzadas: partidos políticos, elecciones libres y periódicas, rendimientos de cuentas, separación de poderes e imperio de la ley.

Guste o disguste, las organizaciones políticas fueron, y siguen siendo, los grandes protagonistas de nuestra democracia

En 1990 la campaña electoral de las Elecciones Generales hicieron coincidir a Felipe González y José María Aznar.

Zamora, por supuesto, no ha sido una provincia ajena a este impresionante lapso de tiempo que, sin duda alguna, puede considerarse como uno de los más brillantes y ejemplares de nuestra historia política.

Guste o disguste, los partidos políticos fueron, y siguen siendo, los grandes protagonistas de nuestra democracia.

El Real Decreto-ley 12/1977, de 8 de febrero, sobre el derecho de asociación política, fue el pistoletazo de salida. Ese mismo año, en 1977, se inscribieron legalmente 103 partidos políticos (dicho de otra manera: se crearon o se legalizaron una media de dos nuevos partidos ¡cada semana!). Entre 1976 y 1978 se legalizaron en España unas 150 formaciones políticas. La inmensa mayoría de ellos se quedaron, sin embargo, por el camino.

Muchos ya estaban inscritos en el Registro de Asociaciones Políticas de 1976. Fue así como los españoles comenzaron a conocer las propuestas y los líderes del Partido Laborista, del Partido Agrario Español, de la Falange Española de las JONS, de la Unión Nacional Española, del Partido Socialista Español, del Partido Social Regionalista, de la Unión del Pueblo Español, de la Nueva Izquierda Nacional, de la Unión de Centro Democrático (surgido de la coalición de partidos liderada por el Partido Popular fundado por Pío Cabanillas y José María de Areilza), del Partido Socialista Demócrata Español o de Fuerza Nueva.

Diputados y senadores zamoranos elegidos en los primeros comicios de la democracia en junio de 1977.

En las primeras elecciones democráticas de 1977 se presentaron 82 candidaturas, pero solo obtuvieron escaño 12. La UCD del carismático Adolfo Suárez consiguió 165 escaños, y el PSOE, 118.
Aquel 15 de junio amaneció con un sol radiante, según las crónicas de El Correo de Zamora. Nuestra provincia contaba con un censo electoral de más de 185.000 ciudadanos, convocados para elegir a cuatro diputados y a cuatro senadores. Tanto los pueblos como la capital vivieron intensamente la efervescencia de una campaña electoral, el amanecer de la democracia.

Adolfo Suárez no se acercó a Zamora en 1977, pero sí lo hizo Felipe González, quien ofreció un mitin en la plaza de toros ante cuatro mil personas, presentado por quien luego fuera alcalde de la ciudad, Andrés Luis Calvo. Eran los primeros grandes eventos públicos y legales de carácter netamente político que, libremente, experimentaban los zamoranos.

La ilusión se palpaba en todas las costuras de la provincia. Para comprobarlo basta con leer los artículos de opinión de la época, fueran firmados por manos de derechas, por manos de centro o por manos de izquierdas. Todos eran conscientes del titánico cambio que se avecinaba.

Con los años vimos evolucionar nuestro sistema de partidos.

Los zamoranos asistieron a la desintegración de la UCD y, tras 1982, a la pulverización del CDS, cuyo último estertor lo dio en las elecciones de 1993.

Pedro Sánchez en su primera visita a Zamora en 2015, con simpatizantes socialistas.| Emilio Fraile

Los zamoranos contemplaron cómo el Partido Comunista se deshilachaba en varias opciones partidistas, hasta converger en la coalición Izquierda Unida en 1986, quien se sumaría al partido Unidos Podemos en 2016.

Los zamoranos vieron cómo un partido histórico como el PSOE, fundado en 1879, pasaba de arrasar con 202 diputados en las elecciones de 1982 a abandonar de manera anticipada el poder en 1996, con una fratricida batalla entre guerristas y felipistas, que sólo cicatrizó cuando José Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones en 2004 y, nuevamente, en 2008.

Los zamoranos observaron la imponente transformación de Alianza Popular (AP) en el Partido Popular (PP), fundado en 1989, para lograr, años después, las dos únicas mayorías absolutas experimentadas en España en el siglo XXI: con Aznar en 2000 y con Rajoy en 2011.

Igualmente, los zamoranos constaron la importancia de los partidos nacionalistas para lograr la gobernabilidad, siendo necesarios cuando no se alcanzaban mayorías absolutas. Así, el PNV y CiU pactaron tanto a derecha como a izquierda, desde 1989 en adelante.

Pablo Iglesias besa a su padre, Javier, en un mitin multitudinario en Zamora.| Emilio Fraile

40 años después, España ha contado con dos reyes (Juan Carlos I y Felipe VI), ha vivido 13 elecciones generales y ha experimentado cuatro mociones de censura (en 1980, presentada por los socialistas, contra Suárez; en 1987, planteada por Alianza Popular contra Felipe González; en 2017, liderada por Unidos Podemos, contra el Gobierno de Mariano Rajoy; y en 2018, encabezada por el PSOE, también contra Rajoy, siendo esta última la única moción exitosa hasta la fecha, posibilitando la llegada del candidato socialista, Pedro Sánchez, a La Moncloa).

40 años después de la promulgación de nuestra Constitución, España cuenta con la friolera de más de 4.770 partidos políticos registrados en el Ministerio del Interior, predominando las siglas que compiten únicamente en comicios municipales o autonómicos (a las últimas elecciones de 2016, por ejemplo, concurrieron 51 fuerzas políticas, y sólo 12 consiguieron entrar en el Congreso de los Diputados).

Pablo Casado se hace un selfie con Maíllo en un acto en la capital.| Emilio Fraile

40 años después, la hegemonía mantenida por el PSOE y por el PP desde hacía casi un cuarto de siglo, quedó en entredicho por la emergencia de dos partidos de nuevo cuño: Podemos y Ciudadanos, introduciendo dinámicas partidistas que han traído consigo nuevos alicientes y desafíos.

40 años después, más del 65% de los ciudadanos siguen acudiendo sistemáticamente a las urnas a votar, un dato del que debemos sentirnos orgullosos.

40 años después, nuestros partidos políticos, con sus luces y con sus sombras, siguen siendo los únicos vehículos conocidos para construir proyectos compartidos y resolver, de forma pacífica y pactada, nuestros conflictos.

40 años después, parafraseando el título de un reciente libro colectivo, los partidos siguen siendo los puentes hacia la España de Abel, siguen siendo los canales para huir de la España de Caín.