La Zamora de 1978 se asomaba a la democracia con una mezcla de esperanza y temor, como ocurría en el conjunto de España de la época. Nadie sabía lo que iba a pasar en los años venideros y el recuerdo de la guerra era aún una losa poderosa sobre muchas generaciones. La provincia sufría aún los estertores de la gran emigración que comenzó después de la Guerra Civil: la gente se iba a Madrid, es cierto, pero no era nada nuevo en lo que llevábamos de siglo. Desde que la mortalidad infantil comenzó a descender, de manera lenta pero constante a principios del siglo XX, y desde que se habían abierto líneas de comunicación seguras y relativamente rápidas tanto con el puerto de Vigo como con Madrid, la emigración era una constante en Zamora. Y sin embargo, la sensación de que se acababa un mundo flotaba en el ambiente: ya no sólo se iba un hijo, o un primo, ahora se iban casi todos los jóvenes iniciando un camino de no retorno que no se ha detenido en estos últimos cuarenta años.

Las tierras que forman la actual provincia de Zamora han estado marcadas, desde un punto de vista demográfico, por al menos tres elementos que no pueden obviarse a la hora de analizar la evolución de las pasadas cuatro décadas. En primer lugar, siempre han sido tierras poco pobladas. Al frío extremo en el occidente de la provincia durante los inviernos se les suma el carácter periférico en una península que durante los dos últimos siglos ha jugado también un papel periférico en Europa. Cuando se analiza la distribución de la población hasta la llegada del Estado nación en el siglo XIX, se observa que Zamora siempre ha sido un lugar poco poblado. El segundo elemento es su carácter rayano: en territorios pobres, las fronteras son enemigas del progreso y cuando, además, separan territorios pobres, el resultado es desolador. Hasta la apertura de la Unión Europea hacia el este, hacia los países que habían estado sojuzgados por la Unión Soviética, la frontera de Zamora con Portugal era una de las más pobres de toda la Unión. El tercer y último factor es que esta tierra hace siglos que dejó de ocupar un lugar relevante en el imaginario colectivo de los españoles: desde que la frontera se fue más allá del Duero, a Zamora o se iba, o no se pasaba por ella: alejada de las grandes rutas de comunicación, no está de más recordar que cuando el joven ingeniero de caminos logroñés Práxedes Mateo Sagasta llegó a Zamora en el invierno de 1849 como responsable de obras públicas en la provincia, por la capital no pasaba diligencia alguna que la comunicara con ninguna otra ciudad.

Un grupo de mayores, al sol en un pueblo de zamora.

Los años cincuenta suponen el canto del cisne demográfico de Zamora, superando los 300.000 habitantes. En 1978, 238.000 y el último padrón baja a los 175.000

Todo esto ha hecho que Zamora haya vivido una situación paradójica desde la llegada de la modernidad. Aunque la provincia llegó a finales del siglo XIX con un peso específico importante en la demografía española (Zamora tenía en 1868 más habitantes que Vizcaya o que Valladolid, por ejemplo), desde entonces no ha parado de perder población en un país que no ha dejado de ganarla. Así, la provincia perdió unos ochenta mil habitantes a lo largo del siglo XX, periodo en el que el conjunto de España multiplicó casi por tres sus habitantes. Los datos son más descorazonadores cuando se analizan los años cincuenta, quizá el canto del cisne demográfico de la provincia, cuando llegó a superar los trescientos mil habitantes. Muerto el dictador y finiquitado un régimen que había hecho de una vacía retórica castellanista una de sus señas de identidad, Zamora entraba en el año 78 con 238.000 habitantes, lo que le permitió elegir además a cuatro diputados en las constituyentes del año anterior. Desde entonces, la población no ha dejado de descender y la sensación de que “esto se acaba” no ha dejado de acompañarnos: la provincia perdió los 200.000 habitantes en el año 2002, bajó de los 190.000 en 2013 y empezó el año 2018 cerca ya de los 175.000 en un ciclo descendente que parece no detenerse. Para los que conocemos de cerca el medio rural zamorano, la realidad pinta aún más de negro estas cifras: se han ido muriendo ya muchas personas mayores que vivían en el pueblo y no llega nadie para reemplazarlos; fuera de algunos días festivos y del espejismo de julio y agosto, gran parte de los pueblos son cementerios vivientes en los que es habitual pasear una tarde de invierno y no encontrarse con ninguna persona durante el camino. Lo que comentábamos hace veinte años en el bar, aquello de que el pueblo se vacía, lo experimentamos ahora con toda su crudeza semana tras semana. Los datos son fríos, pero ya se sabe que lo que no son cuentas, son cuentos: si en 1978 Zamora representaba el 0,6% de la población del país, hoy representa apenas el 0,38% del total de un país cada vez más urbano y en el que gran parte de sus élites parecen convencidas de que su país es poco más que el gran Madrid y la costa mediterránea.

Este declive demográfico del que el viejo Correo primero y después La Opinión se han hecho eco obedece en primer lugar a una muy baja actividad económica en toda la provincia, lo que genera a su vez que una parte muy importante del capital humano (formado o no) emigre en busca de oportunidades vitales y laborales. La provincia tiene la tasa de actividad más baja de la región (de una región, además, ya con una baja tasa de actividad), y combina esta situación con la tasa de paro más alta de Castilla y León. Es una situación kafkiana: hay poca gente que quiera trabajar, pero hay mucha de esa poca que no puede hacerlo. Por ello, además, la provincia no es atractiva para inmigrantes venido de otros países, por lo que Zamora presenta desde hace varios años el menor porcentaje de extranjeros en la región, con apenas un 3,3% (tres veces menos que la media nacional). El resultado es un territorio que no ha dejado de envejecer a lo largo de estos años, hasta casi doblar la cifra de envejecimiento en estos cuarenta años: si en 1978 el porcentaje de zamoranos mayores de 65 años era del 15,96%, esta cifra se situaba en 2018 en un 30,21%, la segunda en términos nacionales, solo por detrás de nuestra vecina y también interior provincia de Orense.

Los pueblos van camino de convertirse en cementerios vivientes

Parece, en fin, difícil escapar del círculo vicioso: no hay gente porque no hay trabajo y no hay trabajo porque no hay gente. A ello se le suma una brecha en relación con la calidad de los servicios que es insoportable, pero de la que las élites urbanas no tienen noticia porque el mundo rural no sale en los medios de Madrid ni de Barcelona: consultorios sin médicos, empresas sin un acceso regular a Internet y gran parte del territorio, en cuanto uno se asoma al oeste de la provincia, en sombra en lo que a la conectividad se refiere.

No sabemos lo que ocurrirá en los próximos cuarenta años, aunque esperemos que esté aquí aún La Opinión para contárnoslo (créame lector, la prensa de provincias será la última en caer). No lo sabemos, es cierto, pero no es aventurado pensar que quizá Zamora sea un anticipo de lo que le espera a Europa en las próximas décadas. Quizá nuestro presente se parezca, más de lo que estamos dispuestos a admitir, al futuro de nuestro continente: un territorio envejecido y temeroso que ve cómo su lugar en el mundo es desplazado por territorios más dinámicos a los que emigran nuestros hijos, para no volver ya más que en vacaciones. Así que menos bromas con esta provincia periférica y olvidada, porque quizá sea el espejo en el que vemos reflejados gran parte de nuestros temores.