Siento mucho tener que abrir esta especie de crónica que se me ha pedido con una afirmación tajante, pero verdadera y constatable por cualquiera: la música popular tradicional de nuestra tierra, y me refiero a Zamora, pero también a toda nuestra Comunidad, está en agonía en el ámbito rural que siempre fue su “hábitat” natural. Lo que hace cien años era una tradición pluricentenaria, cantar y bailar lo que los niños y los jóvenes aprendían de los mayores, hoy es un resto mínimo, fragmentario y agonizante. Lo que hace unos 80 años comenzaba a ser una amenaza, hoy ya es una triste realidad. Las más de 20.000 canciones y 2.000 toques de los instrumentos tradicionales, la flauta con tamboril, la gaita y la dulzaina, recogidos en cancioneros y en grabaciones magnetofónicas por toda Castilla y León, hoy ya no suenan apenas donde durante siglos se escuchaban en todo tiempo y lugar.

De esta agonía lenta, que ha durado varias décadas desde que comenzó, se fueron (nos fuimos) dando cuenta muchas personas sensibles, que apreciábamos el alto valor artístico y vital de estas músicas. Y muchos músicos de oficio y profesión fuimos haciendo lo que sabíamos y podíamos por conservar aquel tesoro. Comenzaron la recogida y edición ya hace más de un siglo y siguieron durante varias décadas después, los músicos que transcribieron en signos musicales los cantos que fueron buscando por pueblos y aldeas en toda España. Más de cien mil canciones de todo el país hispano fueron pasando del dictado de los cantores a las páginas de esos libros denominados comúnmente cancioneros populares. Allí yacen en silencio, pero pueden ser rescatadas en cualquier momento por cualquiera que sepa leer música. Y esto sin tener en cuenta las rescatadas por el CESIC y las imágenes de los coros y danzas, que merecen otro artículo cada una de ellas, que a su tiempo llegará, pues exige recopilar datos hasta hace poco inaccesibles.

Las nueve provincias de nuestra comunidad, unas más que otras pero todas, conocieron a varios de estos precursores músicos: Federico Olmeda, Dámaso Ledesma, Aníbal Sánchez Fraile, Agapito Marazuela, Inocencio Haedo, Kurt Schindler… Otros llegamos unas décadas después, pero todavía pudimos recoger en abundancia y llevar, transcrito en música, a las páginas de nuevos cancioneros, lo que cantores ya muy mayores todavía recordaban. Y algunos de nosotros, los que sabíamos y pudimos, dedicamos una buena parte de nuestro quehacer musical a componer arreglos musicales, la mayor parte de ellos al principio en forma coral, y otros en una forma más sencilla, con un acompañamiento de acordes de guitarra, a veces con algún otro instrumento melódico, para que, por una parte fueran recordadas las canciones que considerábamos más representativas y más bellas de nuestra tradición, y también, por otra parte, para que se pudiese disfrutar de su belleza, y hasta aprenderlas y repetirlas.

Miles de canciones de altísima calidad yacen en libros y colecciones discográficas

Así volvieron a pasar a la memoria colectiva unos cuantos cientos de canciones que adquirieron una gran difusión, editadas en discos y presentadas en recitales. Hacer un simple listado de los cantores y cantoras que dedicaron buena parte de su quehacer a aquel rescate musical, que en nuestra tierra empezó con solistas como Joaquín Díaz y Ángel Carril entre otros muchos, con algunos ‘conjuntos’ como Nuevo Mester de Juglaría, o con una pléyade de pequeños grupos, llenaría varias páginas de una crónica tan solo básica. Este empeño logró rescatar, para la reinterpretación o para la escucha, unos cuantos centenares de canciones que volvieron a pasar a la memoria de la gente de cada ámbito geográfico representado por los cantores.

Casi simultáneamente pero sobre todo un poco después, hacia el final de los años sesenta, y en muchos casos por parte de algunos de los citados, pero sobre todo de un gran número de nuevos cantores, comenzó (o mejor, se propagó, pues ya había empezado antes) una nueva forma de tratamiento de las canciones y de las músicas recogidas de la tradición: fue aquel estilo que empezó a denominarse música folk, que imitando corrientes que venían de fuera de nuestro país, añadía a las canciones, recogidas o tomadas de alguna grabación un revestimiento musical que imitaba estilos de interpretación de renombrados cantores, sobre todo americanos, como Pete Seeger, Bob Dylan o Joan Báez, por no alargar la cita. Pasó así una mínima parte del repertorio recogido a ser considerado como una forma renovada de presentar la canción tradicional, y como una forma más digna, más artística, más creativa en el aspecto musical, de aparecer los cantores en escena, como artistas ‘creativos’ capaces de transformar, de ‘dignificar’ el repertorio popular, de darle una ‘categoría artística’ que convirtiera su rudeza en una obra de arte. Este estilo se propagó como la pólvora (¿o como una epidemia musical’?) y sigue vigente hoy en muchos de los cantores que comenzaron por formas más simples (pero no menos valiosas en lo musical) y se fueron complicando con ‘arreglos cada vez más ‘sophistiqués’. A estas nuevas formas de reproducir una mínima parte de la tradición se las ha venido a denominar ‘músicas de raíz’ o también ‘músicas de fusión’, término que quiere sonar como algo valioso, digno, con categoría de arte, con el sello de lo creativo.

Y en esas andamos. Mientras miles de canciones de altísima calidad musical yacen en los libros y en las colecciones discográficas bien orientadas en sus recogidas, canciones que pueden reaprenderse por la lectura o por la escucha de las grabaciones, una multitud de grupos de actores cantan y a menudo también bailan en cada una de las nueve provincias de nuestra comunidad al son de un repertorio que en general no representa más que las “escurrajas”, como decían nuestros mayores, de lo que fue una inmensa riqueza, porque es lo único que ha quedado en la memoria de los que no lo aprendieron cuando estaba en plena vitalidad, sino de los pocos y pocas personas ya mayores que todavía recuerdan algo y lo dan a quien se lo pide. No hay más que ver, en esta tierra nuestra, esta “televisión nuestra”, repartiendo semanalmente estos restos en el programa denominado “Conlamúsicaatodaspartes” Madera de héroe debe de tener su productor, que sigue animoso semana tras semana, a pesar de los pobres resultados, sobre todo musicales (¡es lo que hay!), que consigue (siempre con algún logro de calidad de cuando en vez, todo hay que decirlo) llevar a la pantalla.

A pesar de esta situación agónica, sería muy fácil renovar el repertorio con lo mejor de lo que ha quedado recogido en libros y grabaciones documentales editados durante los últimos 60 años. Bastaría con que aquellos que quieren ponerse a ello tengan la formación musical suficiente para hacer una lectura selectiva de lo mejor (no olvidemos que en ese fondo musical encontraremos desde lo más valioso en música y en textos hasta lo más ‘hortera’), y componer después unos arreglos musicales, para solistas, grupos o coros, que resalten con buenas armonías, ritmos y timbres los centenares de joyas musicales que yacen en las páginas de los cancioneros, en las cintas de los magnetófonos y en los (micro)surcos de los discos. Por mi parte puedo asegurar que es una labor divertida y gratificante para quienes cantamos y para los que nos escuchan, pues llevo más de 40 años dedicado a ella.