El largo corredor de puertas y jardines que lleva hasta el estudio de Baltasar Lobo (232, Rue Vaugirard, Paris) se convirtió para mí en camino iniciático desde que lo recorrí por vez primera hace casi tres décadas. Al fondo de una hilera de lámparas mortecinas que anunciaban los portales de las casas, entre intervalos vegetales ajardinados que daban luz según la estación del año, se abría el portón de aquel sancta sanctorum, donde el escultor se entregaba a su tarea de sol a sol. En aquella levedad del aire entre esculturas y herramientas, alejado de cualquier tumulto, hablé con él de su vida y de su pueblo, del arte y de París, de la dureza del oficio y de su existencia recoleta sin otra ambición que la de doblegar al mármol, con la sabiduría y el esfuerzo del artista que todo lo cifra en la generosidad de la piedra y en el fruto de su propia perseverancia.

Hace dos años regresé a aquel paraje, con la esperanza de encontrar en aquel corredor sombrío el embrujo y quizás la seducción del escultor zamorano, que se tenía por esforzado menestral del arte. En el retazo del jardín más próximo a la entrada del taller, un cuadrado de verdor resumido en tres arbustos, algunas enredaderas y manchas de césped descuidado, se alza un montón de piedras invadido por las hierbas salvajes y el olvido. He ahí la colección de los restos de mármoles y otras piedras a medio esculpir o desechadas que Baltasar Lobo guardaba en su taller, a la espera quizás de alguna resurrección. En el interior de aquel recinto que albergó los trabajos y los días del artista durante media vida se ha instalado definitivamente el vacío, la soledad y el olvido.
Con la esperanza de hallar alguna traza de tanto abandono indagué durante meses, preguntando a testigos, consultando archivos y examinando documentos oficiales y epistolarios privados, el cómo, el cuándo y el porqué de tanta desolación. Esa pesquisa cruzada entre amigos, contrincantes, devotos, familiares, coleccionistas y estudiosos del escultor de Cerecinos, un hombre amarrado sólo a la vida y a su oficio y desprendido siempre de la vil riqueza y la vanagloria, daría pie a una crónica mundana sobre la ambición ajena y la avaricia de quienes toman el arte y al artista como materia prima de una soberanía que alimenta sólo la vanidad y la hacienda. Quede la redacción de tal relato de miserias en manos de quienes no respetan la grandeza del genio libre y solitario, del artista integral que se amarraba cada mañana al cincel y a la maza con la esperanza de imponer a la piedra el criterio de un clásico, la entereza de un campesino, la sinceridad de un artesano y la inspiración de un gran creador.

Baltasar Lobo en su estudio de París.

Hace ahora cuarenta años comenzó la nebulosa historia del retorno de Baltasar Lobo a Zamora, regreso en cuerpo y alma del artista a su tierra natal

Hace ahora cuarenta años comenzó la nebulosa historia del retorno de Baltasar Lobo a Zamora, regreso en cuerpo y alma del artista a su tierra natal y cesión de sus obras a las instituciones que mostraron entonces un empeño ejemplar en el rescate de una colección de esculturas que habría de convertirse con el tiempo en el soñado museo de la ciudad. La Caja de Ahorros de Zamora, pionera en este propósito de recuperación de la obra de Baltasar Lobo, demostró generosidad y perspicacia en el proyecto, pero el cambio de los meridianos del poder financiero (la fusión de Cajas debilitó a las más débiles) y de las instituciones democráticas (fortalecimiento de los Ayuntamientos) obligó a cambiar de protagonistas en esa negociación con el artista, casi siempre desde la lejanía y con escasa trasparencia de lo propuesto y acordado, a causa de ciertas veleidades que forman parte de aquella inicial confusión y de personalismos provincianos, que di al olvido para siempre en respeto a una verdad que desconozco.

Recuerdo aún, con la emoción del reencuentro, mi primera visita hace quince años al Museo Baltasar Lobo instalado en la iglesia de San Esteban; aquellas maternidades volanderas y los torsos de mujeres en carne viva relucían en la penumbra alimentada por la luz alta del tempo y el perfil hierático que aquellas esculturas recibían del recinto sagrado. Asistí luego en primera línea, huésped nocturno de mi amigo Paco Somoza, a la nueva traza de los fosos del castillo, que hoy albergan aquellas esculturas y he visitado decenas de veces, por oficio y devoción, el nuevo aposento de las obras de Lobo en el recinto luminoso de la Casa de los Gigantes. Ese descubrimiento sucesivo de emplazamientos me ha llevado a la conclusión de que, además de la sabiduría y sensibilidad de quien las moldeó, las esculturas de Baltasar Lobo son capaces siempre de alimentarse del aire y de la luz, en cualquier paraje y circunstancia. Quizás con la trashumancia y el paso del tiempo, esas obras salidas del taller recoleto en un barrio de artistas parisino han adquirido el sosiego necesario para exigir a gritos finalmente el reposo de su grandeza artística.

Albergo en la memoria de mis sentimientos artísticos más profundos el viaje emocionado al depósito donde se almacenan más de seiscientas obras de Lobo, en el Museo Provincial de Zamora. Esa oscura sucursal de cuanto él guardaba amontonado en su taller sigue siendo una promesa inconclusa de un desenlace obligado, tras el largo trayecto de los mármoles, bronces, moldes de escayola, diseños y objetos varios que allí encontraron albergue provisional hace treinta años. Las últimas exposiciones alimentadas desde esa rebotica inagotable (Madrid, Valladolid, Burgos, León) y la diversidad de piezas utilizadas en la reconstrucción reconstruir in situ su estudio, para el rodaje de nuestro documental “Baltasar Lobo. La soledad del escultor”, ponen de manifiesto las enormes posibilidades de esa colección hasta ahora oculta.

Una escultura de Lobo en los jardines del Castillo de Zamora| Marian Montesinos
ESPAÑA BALTASAR LOBO

La conmemoración del 25º aniversario de la muerte de Baltasar Lobo ha reavivado el fuego de la polémica: que se debe hacer para cumplir con la promesa de hace cuarenta años y alojar su obra en un museo que hoy apunta a convertirse en Centro de Arte Contemporáneo. Las ideas y las iniciativas sólo prosperan de momento en el confuso y gratuito reino de la imaginación y de las generosidades por cuenta ajena. En mi condición, ya perpetua, de zamorano trashumante, no osaré poner coto a tantas ilusiones, pero sí dar algunas claves refrendadas en la información de quienes mejor conocen este asunto.

He aquí algunas observaciones: Primera: con la debida generosidad política, se hace imprescindible apoyar la iniciativa del Ayuntamiento en este asunto reforzando la Fundación Baltasar Lobo con el ingreso en la misma de la Junta de Castilla y León, de la Diputación de Zamora, de algún organismo gubernamental y de instituciones de carácter financiero. Segunda: la urgencia de un proyecto no debe obligar a quemar etapas que impidan soluciones a medio y largo plazo más acordes con la financiación, el realismo y la eficacia del objetico final.
Baltasar Lobo, uno de los artistas contemporáneos españoles más conocidos a escala mundial, es hoy el nuevo y principal referente cultural con mayor reclamo como componente de atracción turística. Que las buenas voluntades de los homenajes no naufraguen en el mar de los personalismos, los proyectos imposibles, el abandono de las instituciones o las soluciones parroquiales.