E l 6 de diciembre de 1978, histórica jornada del referéndum de la Constitución, era miércoles. Aquel día, los estudiantes de COU de la Universidad Laboral de Zamora, teníamos nuestras propias preocupaciones por el futuro incierto de las becas tuteladas y el temor a perder el tren de nuestro porvenir. La hemeroteca de “El País” nos lo recuerda con nitidez: “Desde hace más de dos semanas, los alumnos de COU de varios centros de universidades laborales venían protagonizando paros, encierros y huelgas de hambre, ante el rumor, ahora desmentido, de que las mutualidades laborales tenían intención de suprimir las becas que permitían realizar estudios superiores en centros ajenos a las universidades laborales”.

Eran momentos de confusión política y de transformación de un Estado sumido en la dictadura y el miedo como motor, y resultaba urgente aprender a tener criterio para participar en los debates y, sobre todo, a respetar las ideas de los demás. Los viejos modos tenían que tornarse en nuevas vías democráticas para renovar las estructuras. Y eso no se podía hacer de la noche a la mañana. Se iba a necesitar mucha pedagogía. Hubo que vivirlo, sufrirlo, equivocarse mucho y, poco a poco, encontrar el camino para todo un país que clamaba libertad.

Aquel 6 de diciembre, frío y nublado seguramente, yo ya tenía mayoría de edad, y la ley, por primera vez, nos concedía a los mayores de 18 años, el derecho al voto. Como casi siempre, los momentos históricos de un país encierran muchos otros momentos históricos para cada persona. Mantener las becas tuteladas, aún con una rebaja muy sustancial de su valor anterior, supuso salvaguardar la esperanza de un futuro para muchos de nosotros. Sin medios, sin apoyos, sin los recursos necesarios, la Educación no puede alcanzar la calidad exigida.

Sin medios, sin los recursos necesarios, la Educación no puede alcanzar la calidad exigida

Alumnos de un CRIE zamorano en una clase de informática| J. de la Fuente

Han pasado cuarenta años desde aquel día y no han sido improductivos. En la universidad laboral de Zamora, por entonces, éramos jóvenes vitales y decididos a ocupar el espacio que nuestro país anunciaba para nosotros. Formados en la sencillez de la educación pública, los Salesianos nos habían dado un sólido conocimiento de la realidad cultural, social y política, y estábamos hambrientos por empezar a formar parte de los agentes protagonistas del cambio.

Con la aprobación mayoritaria de la Carta Magna, dio comienzo un luminoso tiempo de democracia y de avances. Hemos sido testigos del cambio, de la transformación del país, del crecimiento económico y de la entrada en Europa, de los Juegos Olímpicos y de la Expo del 92, de la controvertida entrada en la OTAN, de las sucesivas elecciones generales, europeas, autonómicas y locales cada cuatro años; de los traspiés de la democracia, de sucesos terribles y despiadados sin sentido, de las manifestaciones reivindicativas y del sentimiento común de ser parte de un todo. Hemos recorrido nuestro camino que a muchos nos llevó a la universidad por la puerta grande de la Constitución recién estrenada, la de la reconciliación y el consenso, que nos cambió la mentalidad y nos hizo madurar como personas, tener una carrera, licenciarnos, hacer la mili los hombres, tener una familia, ser padres y madres, ver la realidad desde cada rincón del complejo laberinto social del que todos formamos parte.

Mayoritariamente insatisfechos por tantas leyes educativas desde la de 1970, la de 1990, la de 2006, la de 2013, observadas por la ciudadanía más como parte del juego de los intereses políticos que de la necesidad de cambios reales, han servido también para tomar conciencia del valor fundamental de la Educación en nuestro devenir como país.

Hoy no educa solo el docente. Al menos no solo desde la mentalidad de entonces, cuando se le reconocía el saber, la autoridad y se le debía un respeto por todo ello. No sabemos si recuperará el protagonismo de ser un baluarte principal de la sociedad, de la transmisión de valores humanos, de la transferencia del conocimiento a las nuevas generaciones, o si lo será en compañía de otros tan poderosos o más que él en este vertiginoso siglo XXI.

Hay quien piensa que se educaba mejor antes que ahora, pero son nostálgicos porque eso, objetivamente, no se sostiene. Hemos avanzado tanto en la universalización de la educación, en el conocimiento de los procesos de enseñanza y aprendizaje, en el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, en el manejo de los idiomas, en el tratamiento de la diversidad, la interculturalidad, la interdisciplinariedad, la igualdad, el reconocimiento de los derechos de la infancia y de las minorías, la atención a la discapacidad, la educación inclusiva, la influencia de la neurociencia, etc., que no es posible decir que el tiempo pasado fue mejor.

Se han aplicado muchos recursos en la formación continua del profesorado a través del gran invento que fueron y son los Centros de Profesores, las nuevas metodologías docentes, la evidencia insoslayable del aprendizaje permanente. Se han señalado nuevos caminos como el aprendizaje cooperativo, la evaluación formativa, la pedagogía crítica, el impacto de la educación emocional, la aportación de las enseñanzas artísticas al desarrollo intelectual, la música, las artes plásticas y las artes escénicas. La vitalidad de la asignatura de Educación Física y su necesidad irrenunciable en un mundo de sedentarismo y abuso de la tecnología. Y todo ello, para reforzar la formación de nuestros estudiantes de todos los niveles educativos que son siempre, y por encima de todo, los verdaderos protagonistas. Pero unos protagonistas que no deben eludir su responsabilidad activa en la construcción del conocimiento.

En Zamora, estos cuarenta años han sido muy fructíferos. De los hogares zamoranos han salido innumerables maestros que se han formado en nuestras aulas y que para nosotros, los profesores de Magisterio, son un continuo refuerzo de motivación, porque están escribiendo magníficas páginas de gran valor educativo.

Alumnos a la puerta de la Escuela Politécnica de Zamora en el Campus Viriato.| Javier de la Fuente

La Dirección Provincial de Educación, responsable de todo el sistema no universitario de su jurisdicción, carga con el peso de las consignas de la Consejería de Educación, pero nunca olvida poner medios y recursos humanos al servicio de sus propios horizontes. Un ejemplo magnífico son las Jornadas de Fomento de la Lectura que se han colocado en lo más alto de la motivación de los centros escolares, con grandes proyectos realizados por maestras y maestros con sus niños y niñas, padres y madres, convencidos del papel protagonista de la lectura, de la escritura, de la poesía, de la narrativa y los cuentos, del teatro y de las artes.

En Zamora, además, fue providencial que se creara el CRIE, centro rural de innovación educativa, que desde su inicio en 2007, ha promovido originales experiencias de convivencia práctica, señalando cada día que otra educación es posible, más creativa y emancipadora, de alto impacto en las nuevas generaciones.

Hay mucho trabajo hecho y mucho aún por hacer. Necesitamos un reconocimiento mayor de toda la sociedad para con una labor que requiere enorme atención y exigencia para impulsar el aprendizaje de nuestros alumnos. A los profesionales de la Educación nos duele, y mucho, esa incapacidad política para emprender con acierto el Pacto Educativo que promete ser, una vez más, un nuevo títere al que manipular. Nos duele que la Educación no se sitúe de una vez por todas en el centro de interés de un país que se resiste inexplicablemente a concederle la función de palanca de transformación de la sociedad. Nos duele que se dude del valor reivindicativo de los sindicatos de la enseñanza, que se dude del valor de la investigación y no se aporten los fondos necesarios, que se dude del valor de la innovación y de la potencia de su energía creadora…

Ojalá sigan vigentes aquellos eslóganes que llenaron las calles en 1978: “Tu voto es tu fuerza”, “Un voto vale más que mil gritos”, en un contexto actual donde el ruido ambiental está cargado de decibelios.