
El experto Jesús Herrero explica cómo la iconografía lujuriosa de un canecillo de Santo Tomé evadía a los zamoranos de la práctica del sexo en la Edad Media
¿Qué pinta un personaje anónimo exhibiendo de manera provocativa un enorme falo en el canecillo de la iglesia románica de Santo Tomé? ¿Una invitación a la lujuria o una licencia del cantero? Aunque en principio sea difícil de defender, este ejemplo iconográfico, muy habitual, es una inequívoca llamada a la abstinencia y al recato. Así lo interpretaban los zamoranos de la Baja Edad Media, una sociedad muy distinta a la actual, que ve en la mezcla de símbolos sexuales y la Iglesia el principio de un escándalo sin contestación. La imagen esculpida en el templo zamorano es una de las seleccionadas por el experto Jesús Herrero Marcos, que recoge junto a otras increíbles piezas en su libro «La lujuria en la iconografía románica».

Como una suerte de máquina del tiempo, el escritor palentino nos traslada más de un milenio atrás para interpretar de manera correcta las llamativas escenas que dan vida a la piedra en los templos románicos de la región, del norte del país e incluso del sur de Francia. Porque fue a partir del siglo VIII cuando la Iglesia redactó los célebres penitenciales, libros en los que «se especificaban los distintos pecados —en particular, el de la lujuria— y se establecían las penitencias adecuadas». Claro que la mayoría de nuestros antepasados zamoranos no sabían ni leer ni escribir, y la Iglesia se veía obligada a recurrir a la imagen para «adoctrinar a la gente» cuando acudían a los templos, verdaderos espacios de reunión.

En este caso, con afán de eternidad, como la piedra nos ha demostrado a través de su resistencia al paso del tiempo. Como explica Herrero Marcos, aquellos canecillos eran «como las actuales señales de tráfico, que señalaban un peligro inminente con un solo grafismo». El experto añade que «cuando veían una imagen de éstas, la asociaban rápidamente a un pecado, asociado a un número de penitencias: tres cuaresmas a pan y agua, o tres años, o toda la vida...». Un sistema basado en el miedo que funcionaba «de maravilla». En el caso del sexo, la propia sociedad medieval imponía su práctica con el objetivo único de obtener descendencia. La carestía económica generalizada convertía el matrimonio en una suerte de negocio, que sólo excepcionalmente podía conjugar el amor entre los cónyuges. Así, este sentimiento era directamente comparado con la lujuria, ajeno al matrimonio y emparentado con el disfrute, un pecado que tenía su castigo. Así, si un fiel acudía a misa y veía identificado su mal, tenía la obligación moral de confesarse y pagar la pena.
Claro que el precio no era igual para todos. «Si eras un señor poderoso con mucho dinero, contratabas a varios pobres de solemnidad y ellos hacían la penitencia, los ponía a rezar durante un par de horas y asunto resuelto», asevera Jesús Herrero, que admite esta suerte de delegación como una vía de escape. Pero, ¿el clero estaba exento de estas advertencias? «El clero no estaba libre de pecado, y de hecho, había mucha iconografía dedicada a los sacerdotes», aclara el autor. En la iglesia de San Juan de Amandi, en Villaviciosa, existe una clara referencia con un religioso que alza su levita y un jabalí intenta arrebatarle su miembro sexual.
Terror ante el infierno

En Zamora existe uno de los ejemplos «más interesantes» de este tipo de iconografía en Santo Tomé, como reconoce el autor del libro monográfico. Se trata de un personaje que exhibe su falo de manera provocativa, que «recuerda a la representación de un dios surgida hace más de cinco mil años», y que hoy se encuentra en el Museo Arqueológico de Atenas. Entonces, su significado se refería a la fertilidad, pero el arraigo de estas imágenes en la sociedad se perpetuó y obligó a la Iglesia a asumirlas, pero con un significado muy diferente. En la iglesia zamorana, el dios que favorecía las cosechas se transforma en una provocación sexual, símbolo de la lujuria y, por lo tanto, penada con un castigo ejemplar. El mayor de ellos, el infierno, debió de infundir un temor tal, que los fieles lo tenían en cuenta antes de hacer l o que la Iglesia pensaba que no debían.
Reportaje de Jose María Sadia
Actualizado (Jueves, 24 de Noviembre de 2011 08:31)



