
La fascinación por el Lago de Sanabria trascendió a su enorme caudal de agua y llegó a convertirse en un referente espiritual para los antiguos pobladores del noreste de la provincia. Tal es así que lo identificaron con una divinidad, le otorgaron un nombre e incluso fabricaron objetos sagrados para rendirle culto. Un caso único en la península, como único es el mayor lago de origen glaciar de todo el territorio que nació hace varios millones de años y ha llegado hasta nuestros días.
Ésa es, al menos, la hipótesis que se desprende de la novedosa teoría lingüística que maneja la doctora en Filología Latina por la Universidad de Valencia, María Jesús Caballer. Su tesis «Teoría y onomástica personal indígena y romana en Zamora según las fuentes epigráficas», dirigida por el catedrático de Latín por la Facultad de Filología de Valencia don Jaime Siles Ruiz, estudia los nombres de las divinidades y de las personas que han llegado hasta la actualidad a través de referencias epigráficas, la mayor parte de ellas grabadas en piedra.
De todas las divinidades indígenas a las que se rindió culto en la provincia —que ya existían antes de la llegada del Imperio romano— hay una que resulta única en la península: Madarsu. Si de otros dioses hay numerosas referencias dentro y fuera de Zamora —el caso de Mentoviaco, por ejemplo—, de esta divinidad conocemos una única evidencia, hallada en forma de exvoto en el término municipal de Vigo de Sanabria, conservado hoy en su ermita como soporte a la pila de agua bendita.
Se trata de un antiguo objeto divino, una ofrenda en forma de cubo pétreo, que revela el culto a Madarsu a través de una inscripción tallada en una de sus caras. Varios expertos han estudiado el antiguo texto, del que existen varias referencias bibliográficas. Pero lo novedoso de la interpretación de la filóloga clásica María Jesús Caballer radica en la vinculación de Madarsu con el agua. «El nombre de la divinidad presenta indicios más que suficientes para que esté ligado al agua», apunta la experta valenciana. La explicación científica se encuentra en la raíz del nombre —«Mad-»—, ya que «tiene un origen protoindoeuropeo» con dos significados posibles que, sorprendentemente, tienen una estrecha relación: «agua» y «mojado».
En opinión de Caballer, la segunda línea del texto —en la que aparece el término latino «Blacav-»— refuerza esta teoría. Esta palabra es «un posible adjetivo» que acompaña al nombre de la divinidad, cuyo sufijo fue de uso muy común entre los celtas, que lo empleaban en nombres de lugares relacionados con el agua, como los ríos o los arroyos.
La hipótesis que se deriva de esta interpretación del exvoto resulta tan original como de sentido común. La propia filóloga señala que «dada la ubicación en la que se encontró el exvoto, parece evidente pensar que el Lago de Sanabria pudo inspirar la figura del dios Madarsu». La «sola posibilidad» de la interpretación del lago como una divinidad «impresiona», reconoce Caballer.
Esta interpretación cobra todavía más fuerza si se estudia sobre el terreno. Tal y como recuerdan en Vigo de Sanabria, fueron los propios vecinos quienes hace casi un siglo hallaron la piedra en forma de cubo en un paraje llamado «Oceo Redondo», una frondosa arboleda delimitada en la actualidad por una valla. Ajenos o no a la inscripción, transportaron la piedra hasta el pueblo, donde acabó en varios emplazamientos de la menuda ermita.
Resulta sencillo retroceder dos mil años y trasladarse a la época de los Arnicios —así se llamaba la tribu en la que se realizó el exvoto—. Como ahora, la inmensidad del mayor lago glaciar de la península debió de fascinar a aquellos lejanos habitantes de la provincia a tal punto que creyeron que sus aguas encarnaban a un dios: Madarsu. El exvoto justificaría el culto a aquella inmensa masa líquida generadora de vida y no exenta de misterio. No es difícil imaginarlo, porque todavía hoy, siglo XXI, emociona a quien se enfrenta a él por primera vez.

“En cumplimiento de un voto”
Los expertos que han estudiado el exvoto de Vigo han apostado por diversas transcripciones. El estudio de Caballer se detiene en dos palabras clave. De un lado, Madarsu, el nombre de la divinidad. Por otro, el apelativo «Blacav-», cuyo sufijo, de origen celta, también está relacionado con el agua. La traducción completa sería: «A Madarsu Blacavo, Burrilo, hijo de Avelco, de la gens de los Abanicios, en cumplimiento de un voto».
Reportaje de José María Sadia.
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Actualizado (Lunes, 24 de Octubre de 2011 09:22)



